Ignacio Chavarría Díaz

IGNACIO CHAVARRIA
DIAZ

Ficción breve para mentes inquietas

La armónica de Masud

El triste llanto de la vieja armónica de latón sobrevuela las copas de robles y magnolios hasta la casa de Elijah. Este mira con odio y escupe al suelo la habitual mezcla de tabaco y saliva que deja una nueva mancha oscura en la raída madera de su porche. —Malditos negros —murmura y vuelve a escupir. Masud susurra a su armónica todo el dolor de sus antepasados y esta lo canta en rítmicos suspiros al sureño aire del Mississippi. Dentro de la pequeña cabaña, Kaya, su mujer, prepara pollo cajún como su madre le enseñó, bien especiado y herido de chiles picantes. El olor de la comida se extiende y se mezcla con los llantos de la armónica y Kaya canta y Masud sonríe. Kaya tiene el culo gordo y viejo que mueve con ritmo innato; a él le encanta, se acerca y le da un tremendo azote, al que ella responde con una franca carcajada. —Viejo verde, ya no estás para cabalgar a esta negra —dice Kaya con su profunda voz africana. Las risas de los viejos llegan a través del río a Elijah, ahondando en su rencor y animadversión hacia ellos. Toma su vieja carabina, hace una señal a su perro y parte por el camino con determinación. 

Elijah es también viejo, talludo y reseco como su ánimo, su odio y sus férreas convicciones religiosas. Lleva viviendo al otro lado del río de la casa de Masud y Kaya mucho, mucho tiempo. Su familia, hasta no recordar cuántas generaciones, se instaló allí antes de la guerra de secesión. Desde esa casa mandaron sus hijos a morir a manos de los casacas azules; en esa casa nacieron y murieron sus antepasados uno tras otro hasta llegar a él. Un día se instalaron al otro lado del río los negros. Una familia con un hijo. El padre de Elijah blasfemó, denunció y amenazó, pero el gobierno había cedido esos terrenos para que se instalaran las familias y no pudo hacer nada para echarlos. Putos esclavos. Todo el odio de su padre multiplicado por 50 años de convivencia partió con Elijah camino a la casa de Benjamín y Henry, sus amigos de la infancia. Allí, entre cervezas, destilados y tabaco, hablaron hasta el anochecer de la afrenta de tener que vivir junto a esos animales. Entonces, ebrios de alcohol y odio, partieron hacia el río. 

La casa de Masud y Kaya se veía oscura desde el embarcadero de Elijah; el silencio de la noche sazonado de ruido de insectos y animales les protegía. Luna nueva, cielo oscuro, rencor y alcohol, mala combinación. Subieron al bote y remaron; el sonido de los remos cortando el agua auguraba malos presagios. La casa estaba en silencio, los viejos dormían, el fuego lamió las antorchas y las antorchas besaron la reseca madera. Dentro se escucharon gritos; fuera, los hermanos y Elijah esperaban con sus armas por si alguien quería escapar. Nadie salió. El fuego llegó a las botellas de whisky que destilaba Masud y la noche se llenó de llamaradas, explosiones y muerte. Los gritos cesaron. Los hombres subieron de nuevo al bote y volvieron a su lado del río con su piel blanca y el alma negra. 

El nuevo día no trae la paz esperada. Benjamín, Henry y Elijah beben cerveza en el embarcadero mirando en silencio las cenizas de su crimen a lo lejos. Atardece y los mosquitos zumban en sus oídos y chupan su sangre. En la otra orilla todavía humean los restos de la casa de Masud y Kaya. El sol retira su calor y la neblina empieza a pintar de gris el río. Anochece. Los hermanos se levantan, lanzan sus latas de cerveza vacías al agua y se despiden de Elijah. Entonces lo escuchan. La armónica de Masud gritando dolor y venganza. Se eriza su piel y se cubre de sudor frío. Los tres hombres se miran a los ojos y ven su propio miedo en las pupilas de los otros. Se debaten entre salir corriendo y cruzar el río. —Acabemos con esto. —Elijah toma su carabina y los tres suben al bote. Esta vez el chapoteo de los remos no suena a venganza, sino a temor. El blues rítmico, machacón y lastimero continúa hiriendo los oídos de los amigos cuando entran en los restos de la casa. Dentro pueden ver los cuerpos calcinados de los viejos. En la mano de Masud su vieja armónica de latón brilla con sonidos acusadores. La detonación escupida por la escopeta de Benjamín hace saltar el instrumento, pero no le hace callar. Henry se agacha y coge la armónica destrozada del suelo y arde, arde como una tea vieja borracha de brea, arde como si todo él hubiera sido siempre fuego. Grita y corre, chocando con su hermano, que se incendia a su vez entre gritos de dolor, terror y angustia. Elijah les dispara, dispara y corre huyendo del fuego que parece perseguirle. Sube al bote y rema, rema porque le va la vida en ello. Huye del mismísimo diablo que canta blues con sonidos metálicos incendiados sobre el agua. Llega a su casa y, al mirar atrás, ve a los hermanos nadando en fuego cruzar el río tras él. Dispara de nuevo hasta agotar su munición. Las balas impactan en los cuerpos de Benjamín y Henry, que continúan cruzando hacia él en una bola de fuego inmune al agua; sus gritos acompasan los acordes de la armónica, la niebla les deja paso, el bosque de la ribera también acusa. 

Elijah entra en su casa, revuelve todo buscando balas para alimentar su arma. Encuentra una cruz. La cruz de su madre. Plata y rezos. La toma con sus dos manos y sale al encuentro del diablo. Fuera le esperan sus amigos, lo que queda de ellos, dos teas ardiendo, perfumando de carne muerta el silencio. Elijah se acerca a ellos armado de fe y grita, pero de su garganta no salen palabras, solo el roto sonido de una armónica vieja de latón. Entonces arde. 

La banda sonora del relato:

https://www.youtube.com/watch?v=gxGOoTHUT3A

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10 respuestas

  1. Buff. Bestial. De lo mejor tuyo que he leído, Nacho.
    Me encanta como redimensionas las situaciones integrando los sentimientos a través de la descripción (que igual me dirás: ¿acaso hay otra forma de hacerlo, de describir la realidad a través de los ojos de un personaje? A mi parecer esto es algo axial, el manejar esos hilos, y creo que tú estás muy habituado a hacerlo porque te sale admirable). En efecto todos los objetos (no sólo la armónica) parecen estar vivos, y los lugares, y la comida… y el odio de E. que ha de ser también el mejor combustible de principio a fin… para todo lo que ocurre. Además, el trenzado de las palabras que escoges es muy bello; aparte del tema del reto que es «música», la narración tiene música también.

  2. Gracias Reyes, efectivamente no tiene mérito, soy como Jessica Rabit en lo referente a la escritura a ella la dibujaron así y yo no sé escribir de otra forma. Me halaga que te guste leyendo cómo escribes tu. – Cruce de halagos 😉 – Si te digo que escuchaba la armónica mientras lo escribía no me vas a creer, por eso le musicabilidad, os lo estaba cantando jajaja

  3. Me ha encantado tu relato, cuánto talento para la narración. Una historia muy potente y que atrapa hasta el final, además de tener grandes ocurrencias. Me creo que escucharas la armónica mientras escribías porque yo la escuchaba inquieta mientras leía tu relato. Gracias. Un saludo!!

  4. Un excelente relato, Nacho. Las armas, la bebida y el diablo se conjugan para hacer un relato muy entretenido y bien llevado a manos de tus personajes.
    Hasta la armónica queda destrozada, y me queda el recuerdo de aquella negra africana que envuelve mis pensamientos con una carcajada.