El escarabajo azul
Estuvo aparcado junto a la valla del descampado frente al bar de Juanma; cada mañana pasaba a su lado camino del insti y, de vez en cuando, limpiaba el polvo acumulado en la ventanilla con la manga de mi cazadora para mirar en el interior. Una mañana salió Juanma del bar con una barra de hierro en la mano. Juanma era un tío peligroso, todo el barrio lo sabía, grande, irascible y violento, de mecha corta, como decía mi abuelo. Se acercó a mí con la cara desencajada, dando grandes zancadas y decidido a abrirme la cabeza.
—¿Qué haces, chaval? ¿Robando coches?
Di un paso atrás y me protegí con el antebrazo del posible golpe.
—No, señor, admiraba el coche, solo eso, miraba.
El miedo y sumisión que debí transmitir pareció apaciguar a Juanma, que podía pasar de la más absoluta violencia a la más estruendosa carcajada en segundos. Bajó la barra y apoyó su enorme manaza en mi hombro como si fuéramos colegas de toda la vida.
—¿Así que admirando?, ¡qué fino el muchacho!, ¿te gusta mi coche?
—Sí, señor.
—Vamos, coño, déjate de señor y de hostias, Juanma, joder.
—Sí, Juanma, es una preciosidad.
—¿Tienes dinero? Te lo vendo. Era el coche de mi padre; lleva ahí sin moverse, por lo menos, cinco años, desde que se fue.
—Vaya, lo siento.
—No, joder, no se ha muerto el viejo, le mandé a la residencia, está bastante jodido del coco.
—Pues lo siento igualmente, sobre todo porque no tengo nada de dinero; me lo estoy gastando todo en sacar el carnet.
Esto era cierto; ni mi padre ni mi madre conducían. Para ellos, un coche era un gasto inútil habiendo transporte público que te lleva a cualquier sitio. Cuando les dije que quería sacarme un carnet, me dijeron que sería con mi dinero, así que ahorré todo lo que pude de mi paga, y no era mucho. Pasé años viendo cómo mis amigos podían ir al cine y comprarse cualquier cosa y yo no, pero podía sobrellevarlo imaginando el día que pudiera conducir mi propio coche.
—Vamos, estás pelao. Yo a tu edad ya trabajaba, así me hice con el bar. Hagamos una cosa: tú vienes a currar al bar todas las tardes y con tu paga compras el coche, ¿seis meses?
Se escupió en la palma de la mano y me la tendió. La verdad es que me pareció estar vendiendo mi alma al diablo, pero me dio igual; si me hubiera pedido mi sangre, se la habría dado en ese mismo momento. Estreché su mano y esa misma tarde empecé a trabajar en el bar de Juanma.
Habría sido mucho mejor firmar con el diablo. Juanma era un jefe duro; recuerdo esos seis meses como una condena. Entraba después de clase y salía al cierre con las manos llenas de callos y quemadas por los productos de limpieza. Al llegar a casa me tocaba hacer los deberes y luego dormía unas horas para empezar de nuevo al día siguiente. Teniendo en cuenta que Juanma prácticamente vivía en y para el bar y no cerraba nunca, era lo más parecido a la esclavitud. Pero el hombre fue justo y, al cumplir seis meses y un día, puso en mi mano las llaves del coche y firmamos los papeles encima de la mugrienta barra del bar. Me ofreció quedarme, pero habría muerto antes de cumplir otros seis meses de condena. Le puse la excusa de que tenía que ayudar en casa y él me miró con una sonrisa de complicidad y me dijo: —Sí, venga, muchacho, ve por ahí a buscar chicas y dale uso al asiento de atrás de tu nuevo coche, que falta os hace a los dos.
De eso hace ya más de cincuenta años. El pobre escarabajo y yo hemos hecho desde entonces un montón de kilómetros. No he tenido otro coche, no me ha hecho falta. Fue un amor a primera vista y, como todo amor verdadero, es eterno.
Me fascina la voz de tus personajes. Qué bonito es que te cuenten una historia así. Lo que sentí eterno (aparte de serlo el amor entre el humano y el coche) es la juventud de este hombre. Ah, el mundo necesita tipos con sensibilidad, como Juanma… xDD ya no se ve gente como él!
Dirás qeu no era sensible Juanma, un cacho pan. 🙂