Ignacio Chavarría Díaz

IGNACIO CHAVARRIA
DIAZ

Ficción breve para mentes inquietas

Reyes magos primer plano

El Casting

Permanezco sentado en el banco del parque frente a la empresa de medios que publicó el anuncio.

«Se busca rey Melchor para anuncio publicitario».

A mi lado hay otros Melchores que esperan igualmente su turno; algunos pasean sus nervios de lado a lado de la calle, otros atienden sus teléfonos móviles, quizás contestando otras solicitudes de rey mago o Papá Noel. El año pasado conseguí un par de trabajos, uno en unos grandes almacenes sentando niños en mis rodillas y otro a la salida de un cine entregando descuentos de un restaurante de hamburguesas veganas. Nunca entenderé esa manía de vestir a la mona de seda que hay ahora con la comida. Si decides ser vegano, ¿por qué quieres comer algo que parece carne? Mierda de modas.

Hace frío; el paño de mi traje es grueso y caliente, mi capa abriga; fue confeccionada con esa idea, no como un simple disfraz, sino como debe ser la capa de un rey. Miro a mis competidores; sus trajes son de risa, no solo porque no deben abrigar en absoluto, sino por la poca precisión histórica. Ninguno de ellos se ajusta a la época, ni en piezas, ni en calidades ni en abalorios Si quieres hacer de Melchor, al menos intenta ser Melchor y no un vendedor de camellos desdentado. Hay indicios, por todas partes; a poco que te molestes, puedes saber cómo se vestía en la época. No me refiero a la imagen que se encuentra en la llamada capilla griega de la catacumba de Priscila en Roma, puros manchones sobre la pared. Me refiero a indagar en las costumbres de esa época y cuidar los colores. Veo en cada traje la mano del azar y no el simbolismo que debería imperar. Cada color de las capas y adornos de un rey mago tiene un significado profundo que se remonta a la antigüedad. El rojo representa el amor y la pasión por el recién nacido, el verde simboliza la esperanza y la fertilidad y el amarillo la sabiduría y la riqueza. Estos colores transmiten un mensaje poderoso sobre las características y virtudes de sus portadores.

Mira este que se sienta a mi lado; no solo su traje es de un chino, es que él es chino. Tras los baltasares untados de betún, ¿qué podemos esperar? Melchor es oriental y seguro que con un Gaspar maorí harían un triunvirato perfecto.

Están tardando; al menos podían haberlo organizado en el interior del edificio. Está empezando a nevar; macroscópicos cristales de agua helada caen del cielo manchando de blanco esta escena de comercial navidad, y en medio de todo está él. Pequeño, intrigado y emocionado. No mira al resto de Melchores, me mira a mí. Envuelto en una bufanda que le da mil vueltas, con su abriguito verde, sus pantalones cortos y sus rodillas arañadas por incontables batallas en el patio del colegio o el parque. Sostiene un sobre en sus manos, envoltorio de ilusiones infantiles. Le miro y le hago un gesto para que se acerque; al fin se decide. Sus pulcros zapatitos marrones marcan huellas en el camino hasta mí. Sus ojos brillan de respeto e ilusión. Me alarga el sobre.

—Es para mi hermana y para mí.

Desde el otro lado de la calle su abuelo mira la escena. Las sonrisas de blancos dientes de leche y las desdentadas son las más sinceras; ellos, los niños y los abuelos desmemoriados, ven la verdad tras el disfraz. Saco unos caramelos de mi bolsillo y se los doy al pequeño.

—Para tu hermana y tu abuelo también. —Le digo guiñando un ojo.

Me da un beso sincero e impulsivo y corre de vuelta hacia su abuelo. Los veo marchar, el hombre con cuidadosos pasos para no resbalar y el pequeño, de su mano, dando saltos felices y alocados. A pesar de todo, a pesar de los años, me encanta ser Melchor.

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