La verdad del bosque
La casa brilla en la espesura del bosque como una luciérnaga en la mano de un niño, un punto de luz amarillenta en medio de la nada más oscura, una estrella solitaria que atrae y asusta a la bestia.
Frente a la puerta, sentada en el escalón de fría piedra, la mujer espera. Mantiene las piernas abiertas. Sobre su falda, unos pescuezos y crestas de gallina lanzan el mensaje. Ven. Los efluvios viajan e impregnan la noche con olor a muerte y sangre.
Los ojos de la anciana miran la negrura sin ver. Son poco más que una pátina gris, dos esferas mortecinas arropadas entre arrugas y piel vieja. No ven, pero miran. Fijos. Con anhelo y esperanza. Con tranquilidad golpea la cazoleta de su pipa en el adobe de la pared, como todas las noches. Las hebras calcinadas de tabaco caen al suelo, sobre otras que cayeron las noches pasadas y que el viento, cuando sopla con fuerza, las barre y esparce en carreras alocadas. Sus manos parecen garras de ave, sus huesos crujen, sus uñas se curvan, sus tendones gritan con cada movimiento, pero la artrosis no impide que, con suma destreza, rellene la cazoleta y la prenda. Aspira con fruición, como si respirar a través de la cánula de la pipa fuera lo que le da la vida. Después contiene el aliento, dejando que el humo la caliente por dentro, un segundo, un poco más y espira una voluta azul que se eleva como vómito del diablo en afrenta a Dios.
La llaman la bruja del claro. En el pueblo la temen y evitan acercarse; tan solo llegan a su casa los necesitados, enfermos y madres abrazando a sus niñas preñadas. Llegan y dejan sus enfermedades, su sangre, sus abortos y su miedo, y ella se alimenta de todo eso. Sobre todo, del miedo.
Hoy espera al diablo. Lleva tiempo rondando la casa; la ronda porque ella le llama. Le siente ahí fuera, en la oscuridad. Le llega su denso olor. Ve, a través de la niebla de sus ojos, los tizones encendidos que la observan por la noche. Escucha el gruñido hambriento de su estómago y siente en el aire el vaho cálido de su respiración. Demasiado ha vivido la anciana. Hoy está dispuesta. Mató sus gallinas, tan viejas y estériles como ella misma. Se ha cubierto con su sangre, las ha troceado y en el doblez de su falda descansan sus restos. La luna es clara y muestra su cara de muerte más allá de la copa de los árboles. Ha recitado los salmos prohibidos y ha iniciado el ritual. La llamada está hecha; cuando llegue el maligno, ella estará preparada para la luna de miel.
Sonríe. La hojarasca cruje más allá de la tenue luz del pequeño farol. La bestia se agita, va de un lado para otro irritada, excitada por el olor a sangre. Un gruñido prolongado lanza la oscuridad sobre ella. El ataque es rápido y violento; el cuello de la bruja cruje bajo las fauces como lo hicieron los pescuezos de sus gallinas bajo sus manos esa mañana. En un último suspiro, mientras el aire se niega a entrar en sus pulmones y escapa bañado en sangre por su garganta. La anciana se da cuenta de que el bosque siempre revela la verdad y que ella, al fin y al cabo, no es una bruja y que el lobo, como era de esperar, sí es un lobo.