Ignacio Chavarría Díaz

IGNACIO CHAVARRIA
DIAZ

Ficción breve para mentes inquietas

Camino rural con niebla, bicicleta abandonada y una piedra en primer plano en un entorno inquietante de pueblo.

Crónica de una pedrada

Al cura de mi pueblo lo mataron ayer de una pedrada. Lo encontró Antonio cuando iba a abrir a las gallinas, bien temprano. Tirado al lado de su bicicleta con la sotana enredada en las zarzas y la cabeza abierta como un melón. A su lado estaba la piedra, plana, lisa, cubierta de sangre, grande como para abrirle la cabeza a don Severiano, pero no tanto como para no acoplarse bien a la mano. De esas que da gusto llevar de lisas y suaves que son, de las que coges en el río y vas acariciando de camino a casa mientras piensas en tus cosas.

La Guardia Civil anda de aquí para allá preguntando. Están hechos un lío, ¿quién podría desear algún mal para el cura? Sí, era un gilipollas, pero también un santo varón. En el pueblo hay mucho gilipollas y están todos vivos. ¿Sospechosos? Si nos atenemos al tino y fuerza que hay que tener para abrirle la cabeza a alguien de una pedrada, diría que todo el pueblo y también cualquiera de los pueblos de los alrededores. Vamos, nos hemos criado cazando gorriones a pedradas; mucho más fácil acertar a la cabeza de don Severiano, que era bastante grande y lento por muy rápido que pedaleara el hombre. Que no es el caso.

El sargento quiere descartar a las mujeres, pero en el bar lo hemos hablado y nos hemos rebelado; la Mari tira tan fuerte como un hombre y tiene mejor puntería, y no es la única. Esa pedrada puede llevar tanto pantalones como falda.

Han venido unos de la capital; no se pudo mover el cuerpo hasta que llegaron a hacer sus pruebas. Estuvo el hombre tirado en el suelo hasta bien entrada la tarde. El perro de Marcelino se acercó a chupar un poco de sangre aprovechando que el civil que lo vigilaba se despistó echando un cigarrillo. Menos mal que los mozos estaban al quite y lo echaron de allí a pedradas. No le dieron; está ya acostumbrado el animal a que le lluevan piedras y se da maña para esquivarlas.

Los de la capital estuvieron un par de horas, poniendo marcas aquí y allá, tomando huellas del suelo. Es un camino, el camino que usamos todos a diario. Tendrán un muestrario de las suelas de todo el pueblo. De ahí no va a salir nada. Yo he hablado con Antonio, el que lo encontró. Lo han frito a preguntas; el hombre es mayor, ya no está para tonterías y los ha mandado a la mierda. Él encontró al cura y punto. Ni se cruzó con nadie, ni vio a nadie, ni ganas a esas horas que iba el hombre con las legañas pegadas al ojo todavía.

De la piedra parece que no han sacado tampoco mucha información. No hay huellas dactilares, ni piel, ni ninguna de esas cosas que salen en las películas y que los del laboratorio de criminalística mandan al inspector en el último momento para que descubra al asesino.

Esta mañana el Toli se ha entregado. El sargento le ha mandado a casa. Todos sabemos que al Toli le falta un hervor y que es capaz de hacer cualquier tontería, como entregarse, pero es bueno como el pan de horno y tiene un brazo inútil y el otro le tiembla como un flan desde que se despeñó por el barranco del castañar. Si alguien en el pueblo no puede lanzar una piedra más lejos de sus zapatos, ese es el Toli. Aun así, los de la capital fueron a su casa a preguntarle y a comprobar lo que el sargento ya les había explicado. Puede que a los de la capital les falte también un hervor.

El velatorio se ha hecho en la iglesia. El ataúd está ante el altar; cerrado porque dicen que la cabeza se le hinchó mucho y tiene mala cara el difunto. La gente ha traído cosas para comer y vino; seguramente las mujeres se pasarán rezando hasta que cierren la iglesia. Lo mejor, como siempre, es la empanada de Agustina y la matanza de Claudio, que le pone algo que no quiere decir a nadie mientras seca y le da un gusto muy especial. La gente se mira con recelo. Todos tienen un sospechoso; yo al menos tengo dos o tres, pero sin hacer sangre, que todos somos vecinos. Eso de saber que tenemos un asesino entre nosotros da mucho morbo a la velada. Se hacen grupos, se cuchichea, se aprovecha para poner a caldo a este o al otro. Hay mucho de inventado, mucho de rencor, mucho de familia y mucho de vecino cabreado. En el primer bando están las mujeres rezando; de riguroso negro, la señora Claudia incluso con la peineta de fiestas. Se las escucha de fondo, un murmullo continuo y lastimero que rebota en las sagradas paredes del crucero. Los hombres fuman fuera, ya se ha dado cuenta de bastante comida y más vino y las lenguas empiezan a chasquear como látigos en procesión. De aquí no sale nada bueno y el sargento, que ve que la cosa se puede ir de madre, decide cerrar la iglesia y mandar a todo el mundo a casa. Mañana lo enterrarán en el cementerio al lado de su hermano, el militar que hirieron en batalla, aunque dice la gente que fue una pelea en un bar, pero la gente es que es muy malpensada.

Hoy estamos todos en la iglesia, vestidos y emperifollados como si fuera domingo. El alcalde y el sargento acompañan al cura que han mandado para oficiar la misa y llevar a buen fin el alma de don Severiano. La misa normalmente me la salto, pero hoy estoy atento a las caras de los vecinos; seguro que alguno se delata. He ido diciendo que ya se sabe quién fue. Aquí los chismes corren más que liebres y seguro que el rumor pone nervioso a alguien.

Cuando acaba la misa, que por cierto se ha hecho bastante larga, los mozos cargan el ataúd y, precedidos por el nuevo cura, un joven dominicano que todo el mundo piensa que no va a durar dos domingos, marchan hacia el cementerio con todo el pueblo detrás entonando canciones sacras. Estamos ya a las puertas del camposanto cuando un todoterreno llega pitando y alzando polvo. Es Carmelo, el hijo del rubio. Parece muy alterado, llega con toda la ropa arrugada, mala cara, despeinado, con los ojos irritados y oliendo a vinazo que apesta. Se acerca a los gendarmes y les habla muy rápido, compungido, asustado. Entre lágrimas, hipos y sorbemocos poco se le entiende, pero según le van calmando a chorro de bota de buen tinto, parece que va cogiendo fuerzas y se explica. Por lo que le tradujimos, parece que se cruzó con el cura; iba deprisa con el todoterreno, derrapando un poco que le da gusto con el terreno fresco y húmedo de la mañana. Llegaba tarde a las vacas donde había quedado con su padre —que espera ahora sentadico en el coche como un muñeco de porcelana—, pues eso, que iba a las vacas y llegaba tarde porque había estado en la bodega con Manrique y “el loco” la noche antes y llegó perjudicado a casa y, claro, se le pegaron las sábanas. En fin, que se cruzó con el cura, justo donde se abre la alberca, donde lo encontraron. Cuando se enteró, pues empezó a darle a la cabeza, que hay que decir que bien Carmelo no la tiene, y a intentar recordar si se había cruzado con alguien, y no, no se cruzó con nadie, solo el cura, y luego recordó que miró por el retrovisor al cruzarse, después de escuchar el “buosdias” del sacerdote y que ya no lo vio. Pensó que era por la polvareda que estaba montando y dice que se arrepintió un poco, porque esas no son formas de ir por el camino, que su padre ya le había dicho muchas veces. Total, que dice si no será la piedra plana y suave, alguna de las que pudieron salir disparadas por los derrapes y acelerones. Que eso es lo que piensa y que por eso no ha podido dormir y que su padre, el rubio —que nadie sabe por qué le llaman el rubio si es moreno el hombre— le había dicho que tenía que contarlo, no fuera a ser que acusaran a alguien de la desdicha, que ya se sabía en todo el pueblo que los de la capital tenían ya un sospechoso.

Hicieron nuevas pruebas a la piedra y encontraron señales de neumático y restos de goma, así que la versión de Carmelo parecía ser la más obvia y coherente. A Carmelo tampoco le podían acusar de nada, porque era un accidente y si no paró a socorrer al cura era porque llegaba tarde a las vacas y con la polvareda no vio que el hombre necesitara ayuda.

En el pueblo casi nunca pasa nada, así que cuando pasa nos tiene a todos bastante entretenidos; este accidente seguro que nos da vidilla hasta Navidad, bueno, a todos menos al pobre cura.

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Un comentario

  1. Un historia pueblerina, de esa que se cuenten en los bares o pulperias.
    Ésta se diferencia de las acostumbradas, pues tiene un comienzo trágico, y un final pacífico.
    Muy entretenido leerlo.
    Shalom javer

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