Ignacio Chavarría Díaz

IGNACIO CHAVARRIA
DIAZ

Ficción breve para mentes inquietas

Granja con gallinas y gallo

El canto de Clo

En la granja está a punto de amanecer y todas las gallinas hacen corro en torno a la gran piedra para ver, una vez más, el milagro. En el grupo se abre un camino y se hace el silencio; el gallo aparece henchido de poder y gloria y se dirige a ocupar su lugar. Hay expectación y adoración. Algunas de las gallinas aprovechan la cercanía para rozar sus plumas con las de él y se ruborizan y arrebolan si lo consiguen. El macho camina despacio, midiendo el paso, balanceando el cuello, consciente del tiempo, de la aurora que pinta de naranja, con una fina línea casi imperceptible, el horizonte tras el maizal. Sube a la gran piedra, aspira profundamente, aguanta el aire un poco más, hasta que la fina línea se convierte en una mancha amarilla y se abomba en el centro. Entonces canta. El sonido de su voz se extiende hasta la casa de piedra, por los campos de maíz, hacia las montañas lejanas donde retumba como el trueno y rebota en los cañones de piedra. Entonces sale el sol acudiendo a la llamada, las luces de la casa de piedra se encienden y comienza el día.

La pequeña Clo mira fascinada, no al gallo, sino al sol. «¿Cómo puede ser que algo tan poderoso acuda a la llamada de un ser tan pomposo como el gallo?», pregunta a su madre. «Ya lo entenderás cuando crezcas», le responde esta mientras mira cómo el macho se retira.

Clo se hace esa pregunta cada día; sabe que su misión en la granja es poner huevos que el granjero recoge por las mañanas y que la misión del gallo es llamar al sol para que incendie la oscuridad. Piensa que no es poder, es belleza. El sol no acude asustado o sometido, acude cada mañana para escuchar la canción. Clo pregunta a su madre por qué las gallinas no pueden cantar y esta, riendo frente a sus amigas, le responde que ya lo entenderá cuando sea mayor. Pero Clo no quiere esperar a ser mayor para entender las cosas, así que, a escondidas, detrás de la cochiquera donde nadie la ve y el gruñido de los marranos oculta su voz, empieza a ensayar el canto de llamada al sol.

Pasa el tiempo y cada día Clo intenta emular el canto del gallo, pero ella no es un gallo, es una gallina pequeña y su voz es distinta porque ella es distinta. Su canto suena clo, clo, clo y no kikirikííí como debería ser. Por mucho que se esfuerza, solo consigue desafinar y que le duela la garganta. Entonces se pregunta: «¿Por qué quiero cantar como el gallo? ¿Lo mismo al sol también le gusta mi canto de gallina?». Y comienza a ensayar bellos tonos y estructuras que se adapten a su cacareo y no al quiquiriquí del gallo.

Anoche Clo estuvo ensayando hasta tarde y hoy se ha quedado dormida. La despierta el jaleo que las gallinas están montando en el patio; se despereza y se acerca a ver. Todas están agrupadas alrededor de la gran piedra, pero esta está vacía. Todavía es pronto, no entiende el alboroto. Carmela, la gallina más antigua, está hablando: al parecer, por la noche el gallo se encontraba mal y ahora no puede moverse ni tiene voz. Las gallinas creen que si no llama al sol, este no aparecerá y seguirá la noche oscura para siempre; el granjero no despertará y no nos dará comida y moriremos todas.

Las gallinas, alteradas, hablan todas a la vez, se revuelven y patean levantando polvo y asustando al resto de los animales.

Clo ha estado ensayando para este momento, sabe que ella puede hacerlo, aunque piensa también que es mucho atrevimiento ocupar el lugar del gallo en la piedra. ¿Qué pasará si se entera? ¿Qué pasará si canta y el sol no acude, si no le gusta su canción? Nada puede ser peor que la noche eterna y morir de inanición, así que se arma de valor y, aprovechando el revuelo de las mayores, sube a la gran piedra, mira el horizonte, aspira, mantiene el aire y, cuando está a punto de explotarle el pecho, canta y el sonido de su voz se extiende hasta la casa de piedra, por los campos de maíz, hacia las montañas lejanas donde retumba como el agua en el río. Entonces sale el sol acudiendo a la llamada, las luces de la casa de piedra se encienden y comienza el día.

Las gallinas la miran asombradas, miran el sol, la miran a ella y miran incrédulas de nuevo al sol. «¡No ha sonado kikirikííí!», dice su madre. «No», dice Clo, «este canto es mi canto de gallina para llamar al sol y suena diferente».

Ese día Clo enseñó su canto especial a las otras gallinas y todas ensayaron con ánimo hasta bien entrada la noche y, cuando supieron, porque las gallinas saben cuándo es la hora, que era el momento para llamar al sol, rodearon la gran piedra y, sin que ninguna la ocupara, tomaron aire, hincharon su pecho, aguantaron y cantaron y el sol acudió a escucharlas.

El gallo había dormido tres días seguidos y finalmente se recuperó. Su reloj biológico le dijo que estaba a punto de amanecer, así que sacudió su plumaje y se encaminó a la gran roca para cantar al sol. Se extrañó de ver a las gallinas agrupadas y que no le hubieran abierto un pasillo como siempre hacia su atalaya. Tuvo que abrirse paso entre ellas sin que ninguna le hiciera caso. La fina línea naranja empezaba a amarillear y el sol curvaba levemente el horizonte tras el maizal. No tendría tiempo de llegar a la piedra; estas gallinas locas lo iban a estropear todo. En fin, no había tiempo; cantaría desde el suelo. Hinchó su pecho, aguantó el aire hasta que no pudo más y cantó. Su kikirikííí se mezcló con el clocloclocóóó de todas las gallinas y el sonido de sus voces se extendió hasta la casa de piedra, por los campos de maíz, hacia las montañas lejanas donde retumbó como el trueno y rebotó en los cañones de piedra como las cascadas contra el suelo. Entonces salió el sol acudiendo a la llamada, las luces de la casa de piedra se encendieron y comenzó, para asombro del gallo, un nuevo día.

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